
Tristeza del pionero
Seth estaba ya muy harto de esperar en la cabaña. Se había quedado sin libros que leer y hacía días que ya no le quedaban cigarrillos. Los mosquitos se lo comían por las noches, y por el día hacía demasiado calor. Su dieta se basaba fundamentalmente en sopa de lata, frijoles y manzanas. Odiaba las tres cosas, pero había que alimentarse. Prácticamente incomunicado en lo alto de la montaña, lo único que podía hacer era esperar y esperar.
Tantos días llevaba allí en lo alto que casi se había olvidado de las caras de Lucas, Heleni, Arsile y todos los demás. Que casi se había olvidado de la Revolución, los Milenaristas, el Ministerio, los Homúnculos, el Sindicato de las Minas, los Procesos, el Método Andersen, todas las razones, en fin, que le habían llevado hasta allí. Las razones que hacían impensable poder acercarse a la Ciudad, que por lo que él sabía a esas alturas podía estar ardiendo hasta los cimientos.
Miroslav le dijo que esperase cinco días, que al amanecer del sexto llegaría el enlace. Pero pasaron cinco días y el enlace no llegó. Y pasaron seis y siete y ocho días y lo único que vio fue hormigas y pajarracos que volaban en círculo y graznaban y le producían cierta angustia. Y allí no había relojes, así que pronto perdió la cuenta y la noción del tiempo.
Un tiempo después, en una de esas mañanas indeterminadas que se le juntaban con las tardes y con el crujir de las maderas de la noche, Seth observó, sin demasiada sorpresa mientras pasaba el rato en el porche tallando un palitroque, como un gran oso pardo atravesaba la espesura del bosque y se acercaba a donde él. Lo miró unos segundos avanzar, con su paso, seguro y pesado, el pelo espeso, marrón oscuro, la mirada tranquila que dan miles de año de evolución.
- ¿Qué hay?- preguntó Seth en tono neutro, sin apartar los ojos de su trabajo. La barba, ya espesa, había dejado de molestarle.
- Por aquí, tirando.
Se quedaron un rato en silencio, unos minutos en los que sólo se escuchaba el raspar de la navaja contra la madera todavía demasiado húmeda.
- ¿Qué tal te lo montas por aquí?- preguntó el oso al final.
- Pues no me puedo quejar.
- Es un sitio tranquilo.
- Sí.
En lo alto se escuchó el graznido de algún ave rapaz. El sol calentaba.
- Te traigo un mensaje de Nora.
Seth dejó lo que estaba haciendo al instante y por primera vez levantó la vista y pareció reparar en el hecho de que estaba hablando con un bicho peludo que pesaba por lo menos quinientos kilos. El oso se había sentado sobre sus cuartos traseros y se miraba las pezuñas con curiosidad. Seth entornó los ojos.
- ¿De Nora?¿Qué le pasa?¿Está bien?
- No te preocupes. Están a salvo. Me ha pedido que te diga que están bien, y que te quiere.
A Seth se le saltaron las lágrimas en un repentino y furibundo ataque de nostalgia. Estaba hablando con un oso y el calor y la falta de higiene le habían resecado la piel. Echaba de menos a Nora y un buen baño caliente. Todo el puto Levantamiento Popular podía irse directamente al infierno.
Pero no, su sentido del deber se imponía, rígido e inamovible. Había recibido órdenes y no podía moverse de allí.
El oso sacó un reluciente salmón plateado de alguno de los múltiples pliegues de su piel. Justo antes de hincarle el diente se detuvo, miró a Seth un momento, desecho de golpe en un mar de tristeza que él, con su caracter osuno no acababa de entender. Aun así quiso tener un gesto con aquel humano sucio y despeinado y estiró hacia él la pata y el salmón.
- ¿Quieres?
- No, gracias – dijo Seth entrecortadamente, entre sollozos, tratando de recomponerse.
El oso empezó a comer tranquilamente.
- Oye.
- ¿Sí?
- ¿No te dijeron nada más?
- ¿Cómo qué?
- Como cuanto tiempo voy a tener que esperar aquí.
- No, lo siento.
- Tranquilo, no es culpa tuya.
Y cada uno volvió a su tarea, mientras el sol estaba cada vez más alto, y luego iba bajando. Y se hizo de noche y ninguno de los dos se movió de su sitio.
Días después, justo antes de volverse completamente loco, Seth escribiría en su diario:
“Hay un tiempo para el Amor y un tiempo para la Guerra.
Pero a ningun enemigo le deseo el tiempo terrible de la espera”.
